De niño, era tan inseguro que las palabras se me atoraban cada vez que intentaba hablar con la chica que me gustaba. Un día, con mucho esfuerzo, le dije que quería ser su novio. Pero ella simplemente sonrió y me ignoró.
Desesperado, pedí ayuda a mi mejor amigo. Le rogué que le hablara de mí, que le dijera lo buen chico que era. Pero en lugar de ayudarme, él la conquistó. Poco después, los vi juntos: ella, la chica que creía el amor de mi vida, y él, mi mejor amigo.
Me quedé sin la chica, sin mi amigo y con una lección que nunca olvidé: si no tomaba el control de mi vida, iba a seguir perdiendo lo que más deseaba.